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Domingo 28 de Mayo de 2017   












¿Qué es un trabajador?
9/5/2017 Provincial - Sociedad

¿Qué es un trabajador?
A propósito del Día del Trabajador que acaba de pasar, nos preguntamos: ¿qué es un trabajador? ¿Qué trabajador es el que celebramos? ¿Qué quiere decir trabajar?
En primer lugar, digamos que el trabajo es la actividad humana por excelencia. Mientras que algunos definieron al ser humano como un “animal racional”, Marx lo definió como ese animal que trabaja. A diferencia del resto de los animales, los humanos podemos trabajar y entonces no estar condenados a nuestra naturaleza. El trabajo es la actividad humana que transforma la naturaleza en un bien social y cultural. Los seres humanos encontramos nuestra plenitud, nuestra realización, en esta actividad básica, humanizando la naturaleza y creando al mundo.

El trabajo, entonces, es no sólo la actividad esencial del ser humano sino el origen de toda sociedad. De ahí la sensibilidad ante las condiciones en que se trabaja en el capitalismo actual. Si el Día del Trabajador ha sido muchas veces una excusa para denunciar al sistema que nos explota, es precisamente porque lo que nos quita el sistema es nuestra actividad básica, la plenitud humana. El capitalismo utiliza el trabajo para extraer del trabajador la riqueza que la minoría que gobierna el mundo disfruta. En consecuencia, el trabajo se convierte en nuestro karma, nuestra carga más pesada, se convierte en eso que esperamos que termine. Mientras que la riqueza producida se queda en manos de una minoría, al trabajador sólo le queda la pobreza, el esfuerzo, el desgaste físico. Eso es lo que el capitalismo hace con el trabajo y con el trabajador: el trabajo es sinónimo de explotación.

Ahora bien, tanta agua ha corrido debajo del puente que muchas veces nos confundimos y ya no recordamos qué es un trabajador. Nos preguntamos ahora: ¿qué cosa no es un trabajador?

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Un trabajador no es un emprendedor

Mucho lo escuchamos últimamente. La idea básica del emprendedor es que todos podemos y debemos tener proyectos económicos para enriquecernos, proyectos a desarrollar que nos permitan no depender de otros (principalmente del Estado, aunque nada dirá este discurso de la dependencia con otros trabajadores). Aquí, las condiciones de vida de los trabajadores son pensadas a partir de su moralidad: porque quien no emprende, quien no progresa, es porque no quiere, porque será medio vago o porque preferirá depender del Estado a la “independencia” del emprendedor. El emprendedor es quien se esfuerza para superarse, para avanzar en la lógica del capitalismo que piensa que progresar quiere decir tener más bienes de consumo y una instalación cada vez más individualista de las relaciones sociales. Cuando nos dicen que somos emprendedores quieren borrar y negar las condiciones reales que tenemos para mejorar nuestras vidas. Y, como ya lo había dicho Marx, el lugar que ocupa el trabajador en las relaciones de producción, si trabajamos a cambio de un salario o somos propietarios, es independiente de la voluntad individual.

La idea del emprendedor es una utopía en el peor sentido: algo que no existe, que no tiene lugar. ¿Cómo sería un futuro en donde todos quisieran ser emprendedores? ¿Quiénes serían entonces los trabajadores de esos emprendedores? Sociedad de propietarios sin empleados. El emprendedor tiene sus otros: el otro pobre, inmoral y vago que no quiere progresar, y el otro competidor cuyo éxito puede representar mi fracaso. El otro es mi enemigo.

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Un trabajador no es un consumidor

Por momentos algunos parecen reivindicar la capacidad de consumo del trabajador como modelo de éxito. Un buen trabajador, o un buen sistema para el trabajador, sería el que nos permite consumir cada vez más. En este modelo, el trabajador podría disfrutar de algunos de los bienes que produce. Esta perspectiva deja intacta la condición en la que se trabaja, borra y niega lo que el capitalismo hace con nosotros. Por supuesto que todos queremos vivir mejor, pero cuando no se piensa en el trabajador como parte de la economía capitalista, ocurre lo que vemos hoy en día: la capacidad de consumo va y viene dependiendo de las necesidades epocales del sistema. Todos queremos vivir mejor, pero eso no quiere decir que el modelo de Humanidad sea el del trabajador que se muere por tener un televisor más grande o por cambiar su ropa sólo porque ha cambiado la temporada.

El éxito del trabajador medido por el consumo nos da una imagen pobre de la Humanidad, condenada como Sísifo a perseguir algo que no podrá satisfacer jamás. ¿Realmente creemos que entrar en la rueda del consumo, en consumir una y otra vez bienes desechables nos daría cierta plenitud? Y nuevamente, el consumo define un modelo terriblemente egoísta ya que el consumo siempre es individual: nadie consume para darle al vecino. El consumidor tiene sus otros también: el otro es al mismo tiempo quien no me da el dinero para consumir y quien puede llegar antes que yo a la oferta.

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Un trabajador no es un ciudadano

Esta mirada socialdemócrata se consolidó en nuestro país en los años 80. Todos somos ciudadanos, igualmente ciudadanos, con el mismo paquete de derechos. Y así como todos seríamos buenos emprendedores y el consumo nos igualaría aparentemente a todos, la idea de ciudadano borra las desiguales condiciones del trabajo. La idea de ciudadano contribuyó mucho para borrar la identidad clasista de los trabajadores, ya que detrás de esta idea está la idea abstracta liberal de la igualdad. Se pasó, entonces, de reconocerse como miembros de una clase a definirse por los derechos abstractos que todos tenemos. La democracia se presenta como el sistema político anclado en esta identidad, de ahí que la democracia siga sin poder eliminar el problema de la desigualdad y la pobreza. El otro del ciudadano es un igual abstracto, otro ciudadano que posee mis mismo derechos. Por eso el otro es otro yo que curiosamente se olvida de muchos rasgos identitarios. El otro puede tener otra posición económica, otro color de piel, otra historia, pero es un otro yo.

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Un trabajador no es un compatriota

Sea en su vertiente de derecha o en su vertiente progresista, la idea de “Patria” pretende igualarnos en un conjunto de representaciones ideológicas que buscan ocultar nuevamente la condición del trabajador: todos somos igualmente argentinos, a todos nos gusta el mate y el asado, tenemos la misma bandera, himno y escarapela, somos hijos de nuestros próceres y tenemos una historia en común. La Patria como la Nación nos define desde las creencias y representaciones que tenemos en nuestras cabezas. Si el ciudadano se identificaba con su paquete de derechos universales e inalienables, el compatriota se define a partir de esas representaciones. El otro es un compatriota, otro argentino, de ahí la idea del com-patriota. Porque todos somos igualmente argentinos. El otro, en definitiva, es la Patria: luchamos, trabajamos, nos esforzamos, para hacer de la Patria algo grande, incluidos aquellos que la hacen pobre, miserable y condenan a los trabajadores a su pobreza.

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Si nada de todo esto es un trabajador, ¿qué es entonces?

El trabajador es una clase.
Ni emprendedor, ni consumidor, ni ciudadano, ni compatriota, un trabajador es miembro de una clase. Somos trabajadores porque pertenecemos a la clase trabajadora. Esta identidad explicita las condiciones reales y objetivas definidas por el sistema capitalista. Lo importante de pensarse como clase es que esta identidad conlleva el reconocimiento de las condiciones de explotación del sistema; es decir, no oculta el sistema capitalista. Y entonces reivindicar al trabajador y pensar su éxito no puede ser otra cosa que la destrucción de un sistema que, como nunca, es responsable de la pobreza del mundo. No es posible una buena vida para el trabajador dentro del sistema capitalista: ni teniendo sueños burgueses (emprendedor), ni abarrotándonos el cuerpo y el espíritu con bienes desechables (consumidor), ni esperando que la democracia respete realmente (no abstractamente) nuestros derechos, ni regocijándonos con imágenes bañadas en celeste y blanco. Sólo luchando por terminar con la explotación capitalista es posible empezar a sentir la plenitud de la felicidad.


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