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Jueves 16 de Agosto de 2018   










El cuento: de los orígenes a la actualidad
4/6/2018 Nacional

 
Para seguir con los franceses de la época, no se puede dejar afuera a Gustavo Flaubert (1821-1880), cuya obra cumbre fue la novela “Madame Bovary” (1856) Por entonces estaban en su apogeo los viajes de todo tipo (el desarrollo de los medios de transporte los hacía posibles), y por ende los relatos de viajeros. Por otra parte, el avance de la instrucción pública (y el crecimiento de la empresa periodística) permitía fenómenos como la novela por entregas y el folletín, al que muchos escritores estaban abocados, en una tarea casi esclava.

De familia adinerada, el padre de Flaubert, Aquiles, era un cirujano de renombre, librepensador y de carácter enérgico. En su clínica Gustavo conoce el sufrimiento y la muerte y desarrolla una sensibilidad especial, que le traería serios inconvenientes cuando ingresa al liceo. Esos años se verían reflejados en su “Memorias de un loco” donde expresa: “Esa sociedad infantil es tan cruel con sus víctimas como la otra pequeña sociedad, la de los hombres. Igual injusticia de la muchedumbre, igual tiranía de los prejuicios y de la fuerza (…) Allí fui ofendido en todos mis gustos: en clase, por mis ideas; en los recreos, por mis inclinaciones al salvajismo solitario. Desde entonces me convertí en un loco.”

En esta primera época se destacan sus cuentos de diferentes géneros, dramas, autobiografía y relatos de viajes. En 1845 inicia la escritura de su primera novela: “La educación sentimental”, mientras la época de “libertad” en Francia concluye con el aplastamiento de la revolución de 1848, cuando los obreros parisinos exigían el establecimiento de la República y el sufragio universal.
Desilusionado de muchos de sus amigos que eligen el privilegio antes que la justicia, se acentúa su aislamiento y se retira al campo donde empezaría a escribir su obra más famosa: “Madame Bovary”, que publica en seis entregas en la “Revista de París”. Un año después sufrirá un juicio por inmoralidad del que es sobreseído. Para el escritor y crítico Eduardo Romano la novela constituye: “una violenta réplica a toda la tradición de la narrativa sentimentalista y confesional y una declaración de principios antirromántica que abre una brecha de objetividad y precisión científica que será llevada a su última consecuencia por los naturalistas, si bien con menor cuidado estético que Flaubert.”

Madame Bovary (fragmento)
"Emma, que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro, y miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma, su palidez deslumbrante; pero volvió la cabeza: Carlos estaba allí. Llevaba la gorra hundida hasta las cejas, y sus gruesos labios temblequeaban, lo cual añadía a su cara algo de estúpido; su espalda incluso, su espalda tranquila resultaba irritante a la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simpleza del personaje. Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en su irritación de una especie de voluptuosidad depravada, León se adelantó un paso. El frío que le palidecía parecía depositar sobre su cara una languidez más suave; el cuello de la camisa, un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja asomaba entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules, levantados hacia las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y más bellos que esos lagos de las montañas en los que se refleja el cielo. (...)
Emma se parecía a las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas."


Como buen romántico, Flaubert estaba en contra de la sociedad burguesa de la época, aunque eso, de ninguna manera lo convertía en un revolucionario. Su animadversión era contra las ‘costumbres’ burguesas, no contra el régimen social. Los románticos no publicaban para los “burgueses” sino, como diría Flaubert en una de sus cartas, “para amigos ignorados”.

Pero como bien analizaría el filósofo ruso G. Plejanov en una de sus conferencias en 1912, esa “insurrección” de los románticos no tendría consecuencias políticas, pero si narrativas. Flaubert fue uno de los realistas franceses que desterró los personajes artificiosos. “Hay que considerar a los hombres –dice- como se considera a los mastodontes o a los cocodrilos”. Por eso los suyos son verdaderos estudios científicos de los personajes. Claro que esa objetividad literaria la perdía en el ámbito social. En una carta a la escritora George Sand le diría: “Con el sufragio universal el número prevalece sobre la inteligencia, la instrucción, la raza e incluso el dinero, que vale más que el número”.

Flaubert influyó en forma notable sobre muchos escritores. Uno de ellos fue Emilio Zola, que lo reconoció como un modelo para los naturalistas. Otro fue Guy de Maupassant (1850-1893), quien sería una especie de continuador.


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