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Sábado 04 de Diciembre de 2021   











Vecinos notables olvidados de San Isidro…
29/12/2014 San Isidro

 
Dos generaciones para evocar, el relojero y el cuentista

San Isidro nos ha dado, además de su historia, sus leyendas, su maravilloso paisaje, su tierra tan rica, figuras notables, hombres y mujeres, que dejaron su huella, personajes que no están en la gran historia, pero que no debemos olvidar ya que nos legaron el terreno necesario para lo que tenemos hoy, una comunidad pujante pero que no olvida sus tradiciones.

En este recorrido por algunos personajes pintorescos de San Isidro, algo que puede ser apasionante, evoco hoy a dos figuras, padre e hijo, destacados ambos en sus respectivos quehaceres, ambos muy queridos por la comunidad sanisidrense y a su vez amantes ellos de su terruño y su gente. El primero es don Camilo Monga, llamado con razón “el relojero de San Isidro”, figura familiar y simpática en esos años dorados en los que hubiera sido lindo vivir. Calles tranquilas y silenciosas, cuando era posible escuchar canto de pájaros en paraísos y naranjos, o el acompasado rodar de los coches de caballos y el más tardo de los carros de reparto en el empedrado, cuando era posible oír el paso de algún solitario que se acompañaba con su silbido, o las campanadas de las horas en la parroquia o el pregón del pescador, del vendedor de escobas, del naranjero o del que ofrecía carbón y leña. Un San Isidro que comenzaba a desperezar su modorra manteniendo sus viejas costumbres pero dando inicio a una vida más sociable, con el prestigio del Hotel Vignolles, los primeros triunfos futbolísticos del CASI, los primeros bares. En ese San Isidro creció don Camilo, traído de muy niño del pueblo de Mede, en la Lombardía, donde había nacido en 1878. Su madre embarcó en Génova con sus pequeños hijos en un penoso viaje de tercera clase hacia América, siguiendo las huellas del padre, don Felipe, el primer peluquero barbero de oficio en San Isidro. Aquí Camilo cursó la escuela elemental y aquí se rodeó de amigos, desde los pescadores del bajo, los quinteros de las lomas, los primeros vecinos fundacionales de La Calabria, convertido en un sanisidrense más, dando todo de sí al pueblo que lo había acogido como hijo propio.

Nada excepcional, la misma historia de miles y miles de inmigrantes que arribaron a estas costas, pero lo que lo convirtió en un personaje digno de evocar fue la popularidad de su figura, la necesidad de ayudar y acompañar al vecino en problemas. Más tarde instalaría su negocio de relojería y joyería en la calle Belgrano. Poco a poco, merced a su simpatía, su cordialidad en el trato con sus vecinos, pero también por su honestidad cosechó clientes amigos que confiaron en él como tasador de alhajas y relojero, pero sobre todo como artesano, artífice de verdaderas maravillas que veían la luz en ese ámbito casi mágico, donde imprevistamente, al conjuro de la hora, comenzaban a soñar infinidad de campanas.

Alguna vez narré el episodio de la confección del anillo episcopal de Monseñor Copello cuando fue elevado a Obispo. Tarea de una sola noche que compartieron ambos, el orfebre trabajando en su crisol y el Príncipe de la Iglesia observando atentamente y tal vez participando alguna confidencia. En ese reducto de la calle Belgrano frente al mástil recién inaugurado, pasé muchas tardes con mi madre, su sobrina que lo visitaba, compartiendo recuerdos familiares y alguna noticia del barrio. Tardes que a los seis o siete años se me hacían necesariamente monótonas pero que hoy quisiera revivir para nutrirme de historias imperdibles. Lo recuerdo siempre sonriente, con alguna sorpresa en sus bolsillos, lo evoco con su atuendo de traje y corbata nunca otra vestimenta derramando alegría y optimismo aunque luego supe que no siempre su vida había sido fácil ni libre de penas, algunas muy hondas, como la de perder a su compañera muy temprano debiendo criar sólo a sus dos pequeños hijos. Debe haber transitado dificultades que no comentaba, su jovialidad se imponía por sobre las penas.

A la vez que atendía su negocio cumplía con su función de relojero municipal vigilando la correcta marcha del reloj floral, del de la parroquia y los instalados en dependencias municipales. El reloj de la torre era muy necesario. Vecinos, paseantes y navegantes dependían de él, sobre todo navegantes desde el río. Subía la interminable escalera caracol de la torre hasta la plataforma donde se encuentra la máquina y las esferas y comprobaba su marcha. Cuentan que en una ocasión se rompió un diente de engranaje y don Camilo trabajó toda la noche para solucionar el problema a fin de que a la mañana ya estuviera en funcionamiento el mecanismo. Como sabemos, don José Testorelli también ejerció esa función, siendo él quien inauguró el reloj floral en 1913. Pero me resulta imposible determinar los períodos de cada uno de ellos y no creo que pudieran superponerse en la función. Me queda la incógnita. Al margen de sus tareas se hacía tiempo para probar habilidades con el clarinete. Su vida simple y modesta se basó en la amistad, una amistad al estilo de antes con sencillos encuentros e interminables charlas en la famosa confitería “La Covacha”.

Se fue en mayo de 1945 tranquilo como había vivido. En esos días yo cumplía 15 años. No hubo festejo.

La otra figura, su hijo Alfredo Monga merece también un recuerdo. Así como su padre fue el relojero de San Isidro, Alfredo fue llamado alguna vez “el cuentista de San Isidro”. De él conservo más recuerdos por razones cronológicas y haber compartido muchos buenos momentos. Fue un chico solitario entregado tardes enteras a leer cuanto texto encontraba a mano ya que su padre poco podía ocuparse de él en esas horas. Su pasión por el estudio fue una constante en su vida y aunque en su profesión de bioquímico se destacó en la comunidad médica, su anhelo fue escribir, cuentos, crónicas, historias. Paralelamente fue reuniendo una nutrida biblioteca que ocupaba buena parte de una habitación en su hogar. Ya en su madurez había legado esa biblioteca a sus nietos.

Al decir que guardo muchos recuerdos de él, surge con vigor la memoria de tardes soleadas –yo tendría diez y once años- en las que me llevaba a su paseo favorito, los tres ombúes, haciéndome trepar la barranca para hacer ejercicio, pero no por sus peldaños sino por la tierra misma sujetándome a algún arbusto, mientras su perro Tom nos acompañaba con sus saltos y corridas. Tardes inolvidables en las que aprendí a disfrutar el aire libre, a conocer variedades de plantas, a amar los árboles.

El árbol fue devoción, lo he visto extasiarse ante la otoñal presencia de un colorido arce y lo he acompañado en una especie de relevamiento de todos los aguaribays que había en San Isidro. Los sentía como sus hermanos y les hablaba. El aguaribay, el árbol del dulce nombre guaraní inspiró uno de sus cuentos más notables “El monólogo del aguaribay”. Un rayo había destruido el ejemplar centenario que plantara Vélez Sarsfield en el Museo Pueyrredón, algo que ocurrió en la realidad. Y aquí empieza la fantasía. El personaje de la historia, un paisano llamado Domingo Isidro Barrancas deambula apesadumbrado por el parque y se acerca al otro aguaribay, el que plantara Domingo Faustino Sarmiento que se yergue aún airoso y acaricia su tronco. Y entonces este paisano acostumbrado a conversar con peces y tortugas y a escuchar confesiones de las campanas de la parroquia, oye asombrado la voz del árbol que comienza a trasmitirle su sentimiento, sus vivencias, sus alegrías y sus penas. En su soliloquio rememora el aguaribay personajes que conoció; el poeta Nicolás Granada, la familia Aguirre, el inolvidable Manuel Mujica Láinez, el intendente plantador de árboles don Orlando Williams , y hasta haciendo memoria, al Presidente Roque Sáenz Peña. Habla incontenible el árbol volcando sus memorias en don Domingo Isidro que lo escucha reverente. Las costumbres de otros tiempos, las fiestas patronales, el carnaval, la evolución de la chacra. Al despedirse oirá el paisano el pedido del aguaribay: “abrázame fuerte, vuelve pronto”, y se va con una ramita en su bolsillo y un pedido a su vez. Traten de comunicarse con mi amigo acariciando suavemente su corteza. Recibirán el gratificante regalo de un monólogo retrospectivo y un fortificante refuerzo de amor a la naturaleza. Con esta petición concluye el cuento. Hay otros, pero éste es, creo el más representativo de su manera de sentir.

Se lo consideró escritor costumbrista, atento a revivir las viejas tradiciones locales, haciendo amena la historia y mezclando junto a la nostalgia retazos de humor, recreando las vivencias de antiguos pobladores como aquello de León Tolstoi: “Escribe de tu aldea y escribirás del mundo”.

Solía decir que siempre se habla de San Isidro como de una comarca colonial, con solares suntuosos, elegantes, cargados de historia, pero no olvidemos que también lo habitaron seres humildes que dejaron su esfuerzo en estas tierras y a ellos dedicó buena parte de sus relatos. Noches compartidas con pescadores en el río, labriegos en las entonces despobladas y solitarias tierras de Las Lomas, caminatas interminables por las viejas calles con algún personaje imaginario.

Y siendo así no nos extraña que cuando en el año 1961 surgió la idea de crear una asociación que reuniera vecinos visionarios e idealistas, unió sus esfuerzos a los de mi padre y otros como ellos para dar vida a San Isidro Tradicional, la querida institución que, aunque algo desdibujada actualmente en sus fines primigenios, da prestigio a quienes la conforman. Fueron días de convocar amigos, figuras que mucho tenían para dar a la comunidad sanisidrense, días, de reuniones febriles, proyectos, ideas y San Isidro Tradicional surgió, fue uno de sus logros más queridos.

Alfredo nos dejó el 7 de Julio de 1994, en un día soleado en el que se celebraba un homenaje en el Museo Pueyrredón y mi madre pronunciaba un pequeño discurso, algo extrañada, por su ausencia en el acto. Había muerto esa misma mañana y ella aún no lo sabía.

Georgina Paván de De Tomaso


Link Permanente:  http://www.prensalibre.com.ar/index.php?id=7841
 
Comentario de Marta monga de Urrutia, 24 marzo, 2019
Que emoción tan grande que San Isidro recuerde a mi abuelo Camilo y a mi padre Alfredo.
Por circunstancias de la vida estoy viviendo en San Francisco,California con mi familia,aunque una vez al año visito mi amado San Isidro ,mi patria.
Quiero, cuando vaya en Septiembre de este año ponerme en contacto para poder estar en un homenaje conmigo presente,me encantaría.
Gracias ,gracias y mil veces gracias.
Marta Monga de Urrutia
 
  
 
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