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Sábado 18 de Noviembre de 2017   












La salida de la fábrica
19/10/2015

 
En otras notas hemos desarrollado el tema de la falta de abordaje, por parte del cine, del mundo del trabajo. Sin embargo es bueno recordar que la primera película filmada por los Hermanos Lumiere en 1895 fue “La salida de la fábrica”. Los pioneros plantaron una cámara y filmaron como salían los obreros, más obreras que obreros en realidad, charlando, riendo, andando en bicicleta, hasta que sale el último.

Se está por estrenar en Buenos Aires la última película de los directores belgas Jean Pierre y Luc Dardenne: “Dos días, una noche” que trata justamente el mismo tema pero actualizado con la espada de Damocles de los últimos tiempos: la pérdida del trabajo. A Marion, la obrera en cuestión, la echan del trabajo, pero antes el patrón la obliga a realizar una actividad perversa y cruel: convencer a sus compañeros de la pequeña fábrica para que dejen de cobrar un bono conformado por el “ahorro” obtenido por el sueldo que se deja de pagar y así impedir el despido. Tremenda tarea debe realizarse en dos días y una noche.

En todas la películas de los Hnos. Dardenne, “una persona con cuatro ojos”, como ellos mismos se definen, el mundo del trabajo está presente, en especial en “Rosetta” de 1999 y “El hijo” de 2002, pero lo que prima en esos films es la angustia vital y la desolación social de seres que se aferran con todas sus fuerzas a la vida y tratan de sobrevivir a toda costa. Sus criaturas están desesperadas, acorraladas y tratan de escapar del encierro, casi siempre sin ninguna suerte y la cámara obsesiva de los belgas los siguen mostrándolos desde las entrañas, con una mirada tremendamente visceral y profunda. En un reportaje de hace unos años ellos han declarado: “Elegimos a los desheredados porque no son visibles. Nos gustan esos personajes y los seguimos desde el afecto. Si fuesen visibles lo serían para reírse de ellos, o con piedad, en el típico programa de la tele de los domingos. Nadie los mira de una manera real, nadie ve sus sueños, su amor, por eso nos gusta hablar de ellos”.

Reflejar el sitio exacto donde discurre la vida, ese es el objetivo cumplido ampliamente en esta última película de los Dardenne. La obrera, Marion, una maravillosa Marion Cotillard, tiene que emprender un vía crucis laico azotada y mancillada por el miedo a perder el trabajo, un trabajo que necesita angustiosamente. El peregrinaje lo transita con dignidad, pero al mismo tiempo, ante la diáfana interpelación que Marion les realiza, recibe golpes muy duros de alguno de sus propios compañeros, que son mostrados sin señalamientos fáciles o condenas moralistas.
Es muy importante también la mirada sobre la situación actual de una Europa descreída y decepcionada de sus fuerzas políticas y sindicales tradicionales. En esa pequeña ciudad, que puede ser de cualquier país de Europa, los obreros no tienen delegados, no aparecen los sindicatos, deben pelear contra un patrón inmoral que sólo busca que el ajuste lo paguen los mismos trabajadores. Aunque aparecen los ramalazos solidarios, no están embellecidos ni edulcorados. La travesía de Marion es dura, no tiene tramos épicos ni falsamente dramatizados buscando la empatía del espectador.

“Dos días, una noche” es una gran película, noble, luminosa, como el rostro de Marion Cotillard que pasa de una fragilidad al borde de la ruptura y el llanto, a una firmeza empujada por el temor a la desocupación, esa verdadera tragedia de nuestro tiempo.

Alberto Poggi


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